MADRID DESPIDE A GAYARRE

“Gayarre era asombro, delicia, embeleso y pasión del mundo artístico (…) Su voz hermosísima, su inspiración ardiente, su escuela purísima y su arte magistral, lo habían elevado a la jerarquía de rey sobre la escena. Los públicos enloquecían, los empresarios solicitaban su favor postrados de linojos, los teatros se henchían de espectadores ávidos y el oro rodaba a raudales bosando sus pies”.  LA iBERIA

 El 2 de enero de 1890 se producía el fatal desenlace, “el triste acontecimiento que privaba a España de uno de sus hijos más ilustres y queridos”. El fallecimiento del “rey de los tenores” inundó de tristeza al pueblo de Madrid, las muestras de duelo y aflicción fueron constantes desde todos los ámbitos sociales y profesionales.

Ciertamente, la noche del 8 de diciembre, se había producido un lance revelador del deterioro físico que estaba sufriendo el “inimitable artista”. En aquella fecha, subido en el escenario del Teatro Real mientras interpretaba “Los Pescadores de Perlas” observó el público que algo grave le ocurría al sr. Gayarre: “Suspendido el corto y con paso inseguro, se adelantó al proscenio y suplicó al auditorio que le dispensara de cantar la romanza por hallarse imposibilitado de ello. Apenas expuesto el ruego, un ligero desvanecimiento le obligó a apoyarse en uno de los bastidores, evitando que cayera al suelo el director de escena. El público estaba perplejo ante aquel inesperado incidente”. Relata La Iberia que el artista navarro en aquellos momentos de inquietud, “con expresión desesperada de pena y de quebranto exclamó, ¡esto se acabó!”. Los analistas no daban crédito a lo vivido: “¡Hallábase en el apogeo de la existencia, en la cumbre de la fama, en la plenitud de su poder genial (…) Tenía por delante muchas horas de aplausos y aliento (…) Su laringe, su mágico instrumento pareció estar roto”, su maravillosa herramienta “se había partido, ya no sonaba dulce, arrebatador, ya no emitía trinos angelicales”  Pocos días después “la dolencia traidora” le tendría postrado en el lecho, expirando  unas semanas  más tarde.

Durante su agonía, los madrileños expresaron categóricamente su cariño hacia el cantante. En las inmediaciones de su domicilio, situado en la Plaza de Oriente, se arremolinaban grupos de curiosos y admiradores, esperando algún tipo de noticia esperanzadora, y al mismo tiempo aguardando pacientemente su turno para firmar en los pliegos de papel colocados en el portal del enfermo, testimonios perpetuos del afecto de los madrileños: “¡Señor que se salve! ¡Qué vuelva a las tablas! ¡Qué yo le oiga otra vez! ¡Qué de nuevo le vea!”. Además de la Reina Regente, y de todos los miembros de la Familia Real que se hallaban en Madrid, “cuanto encierra Madrid en la política, las artes, la banca y la buena sociedad se apresuraba a estampar su firma en las listas”.  Personalidades como Castelar, Cánovas, Barbieri o Bretón, además de un ingente número de admiradores del gran tenor, formaban parte de toda “la manifestación de duelo que Madrid le tributaba”.

 El 31 de enero se colocó en el portal de su finca, el último parte en vida del cantante, manifestando lo siguiente: “A las 4 de la tarde han celebrado una consulta los señores profesores médicos, Dr. San Martín, Dr. Cortezo y el Dr. Salazar, habiendo declarado que la enfermedad que padece el Sr. Gayarre es una bronco neumonía gripal localizada en el lóbulo inferior del pulmón izquierdo (probablemente murió por un cáncer de laringe). Se le ha aplicado al enfermo varios revulsivos, que han producido algún efecto, pero a pesar de ello ha recaído en una gran postración y su ánimo está muy abatido”. Menos de 48 horas después, la madrugada del 2 de enero concretamente a las 4:25 minutos, fallecía Julián Gayarre. El informe de sus últimas horas de vida es el siguiente: “A las 10 de la noche merced a las esfuerzos médicos se inició una ligera mejoría, no más que aparente. Gayarre entonces conservaba por completo sus facultades intelectuales, ¡Qué horrible sufrimiento! exclamó, llevándose la mano a la garganta. A la una y media tomó algo de ron. A las 3 de la mañana la mejoría aparente comenzó a descender; luego más de una hora horrible de agonía. Al lado del moribundo, llorosas, desoladas las personas de la familia y los amigos de intimidad del gran artista”

El día posterior, bajo un cielo “que arrojaba al espacio copos blancos” y un frío glacial, se produjo el traslado de los restos mortales, desde su casa a la estación del Mediodía, a través de “una espontánea e imponente manifestación de duelo en Madrid (…) Fue un espectáculo tan grandioso que jamás podremos olvidarlo quienes lo vimos (…) Por todas las avenidas grandes grupos, formados en su mayoría por mujeres, acudían a presenciar la triste ceremonia” En la casa del artista se congregaron en torno al millar de personas  que dificultaban “a los agentes del orden público y a los Guardias Civiles de Caballería obtener espacio suficiente para organizar la comitiva fúnebre”. Con la llegada de la comitiva al  Teatro Real “aumentó la solemnidad de la ceremonia, cesó el murmullo de la multitud, y en medio del silencio se dejó oír la marcha fúnebre de Chopin, ejecutada por la orquesta del Teatro Real”. Además de esta pieza se tocó un fragmento musical llamado Spirito Gentil de la ópera La Favorita. A poco de iniciada la melodía de Donizetti retumbaban entre el gentío, “formidables gritos de ¡Viva Gayarre! ¡Viva! repetían millares de voces (…) El viva ante un muerto fue el más adecuado tributo a cualidades tan excelsas”. Mientras esto ocurría se podía presenciar a “las bailarinas, coristas y dependientes de la empresa contemplar con lágrimas en los ojos el carruaje fúnebre”.

El cortejo estaba constituido por ¡más de 100 carruajes!, encabezando la marcha los coches del Alcalde, Sr. Mellado, y del Presidente del Congreso Alonso Martínez. Tras el homenaje en el Teatro Real el séquito avanzó por la Calle Arenal, Puerta del Sol y Alcalá, donde se detuvieron delante de un Círculo en cuya fachada un cartel rezaba: ¡Gayarre si las lágrimas vertidas por ti hoy, pudieran resucitarte, ya estarías con nosotros! Desde numerosos balcones se lanzaban una lluvia de flores, coronas y ramas de cipreses, destacando en “profusión” los del Casino de Madrid, el Teatro de la Comedia y el Teatro Español. Tras cruzar las calles del Prado y de Trajineros (Paseo del Prado) llegaba la procesión fúnebre a la estación del Mediodía, donde esperaba un vagón convertido en capilla ardiente que trasladaría a Gayarre a su tierra natal.

Para concluir quisiera constatar los reproches aparecidos en algún rotativo, criticando la “deficiente organización” y la “falta de previsión” de las autoridades. Una multitud inundó las calles, a pesar de las inclemencias del tiempo, para “dar escolta al artista”, lo que dificultó el cumplimiento de muchas de las disposiciones oficiales, o los encargos de las Academias culturales y otras instituciones. Esta circunstancia pudo empañar los actos y, según el diario La Época, “empequeñecer el tributo incomparable de admiración y cariño que Madrid ha ofrecido a una gloria nacional, patrimonio por tanto, no de contadas personas, sino de todos los españoles”.

 

Prensa manejada:

El Liberal 9 de diciembre de 1889

La Monarquía: 1 de enero de 1890

El Día: 1 y 2 de enero de 1890

La época: 3 de enero de 1890

La Iberia. 3 de enero de 1890

 

 

 

 

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2 respuestas a MADRID DESPIDE A GAYARRE

  1. Alfonso Ramos Mansino dijo:

    En la década de los noventa (no recuerdo con precisión la fecha pero si que se menciona en la extensísima, documentada y maravillosa biografía del tenor que ha publicado Oscar Salvoch este año), la Universidad de Navarra, sometió la laringe embalsamada de Gayarre a las más modernas técnicas de exploración y tratamiento de imagen. Como resultado se dejó claro, que en la laringe de Gayarre, no se apreciaba el más mínimo indicio de formación cancerígena. Por lo tanto creo, que el manido tema del cáncer de laringe, no se ajusta al real motivo de su muerte. Fué con toda probabilidad motivada por una afección pulmonar gravísima, en esa época mortal, que describes en tu texto. En esos meses de 1890 una gripe muy virulenta se extendió por muchas ciudades de Europa, cobrándose centenares de miles de victimas. Madrid fué una de ellas. Fué el denominado popularmente como trancazo.

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