LAS HORAS DE MADRID

Os dejo un artículo publicado en 1935, que con un tono punzante, nos muestra los hábitos de los madrileños en aquellos años, y que como veremos, no difieren sustancialmente de los actuales.

Las Horas de Madrid:

A las cinco de la mañana, poco más o menos, amanece. Primero se nota porque los primeros noctívagos dan las últimas bocanadas de su tedio por la Red de San Luis. Entonces advertimos que los contornos de las casas y de las cosas se van iluminando con una claridad lechosa, y reparamos en la inutilidad de los faroles de gas (…) A las ocho se ven interminables hileras de carros, rumbo a las barriadas extremas, sobre todo camino de Tetuán de las Victorias. Huelen a vahos antiguos y van tocándose unos a otros. Son los carros de los traperos, procesión que arrastra la podredumbre, la escoria empapada de vaho de la urbe. Se piensa que sería mejor desconocer el objeto y fin de estos carros, mantenerlos en el aire fantasmal de las conjeturas. Pero aquí están, con toda la realidad de lo pobre y conocido.

A las diez la algarabía en los mercados y mercadillos va llegando a su cumbre. El pregón de los vendedores se confunde con el griterío de los parroquianos, con ese sordo rumor de las aglomeraciones, con mil ruidos estridentes. Un pintor impresionista podría tomar su paleta e impregnarla con los colores frescos de las frutas: el rojo charolado de las cerezas, el rojo hondo de las fresas, el amarillo mate de las bananas, el amarillo reluciente de los limones, el amarillo tibio de los albaricoques, el rosa aterciopelado de los melocotones; con los verdes tiernos de las verduras, con el rojo encendido de los tomates y el verde claro de los cohombres; iluminar su cuadro con las escamas refulgentes de los pescados; aprisionar en fin, la viva y jubilosa policromía de los vestidos vaporosos de la mujer en primavera (…)

A la doce el sol llega a su cenit. El obrero ha dejado a su lado los útiles de trabajo y se dispone a hacerle los honores al cocido (…) ¡ Con qué deliciosa fruición hinca el obrero, en esta hora del mediodía, la cuchara en la montaña del piri! ¿No os ha apetecido nunca compartir pan y cuchara con esos obreros felices que cada día repiten su homenaje (como un rito castizo y atávico) al cocido, la comida por antonomasia de los madrileños castizos? 

A la una acontece que el Paseo de la Castellana (árboles de pompa fragante sombra espesa y aromosa), comienza a poblarse de vestidos claros y risas claras. Es la hora escogida por la buena sociedad madrileña para su torneo de elegancias y flirteos. Toda la elegancia de la mañana unge de gracia a las bellas mujeres que pasan y repasan los andenes del paseo, luciendo el júbilo de sus toilettes primaverales (…) A las dos va quedándose sólo el Paseo de la Castellana. Es la hora del aperitivo. Hora de sentarse en la terraza de un bar o de un café, o de encaramarse en los taburetes altos de los bares americanos. Y tomar unas cañas de cerveza, o un vermut, y medio comer a base de ingerir tapas.

A las cuatro, hora del café, del café tomado deprisa, porque los quehaceres agobian… Porque a las cuatro y media, unánimes chirridos de persianas metálicas anuncian que el comercio abre sus puertas (…) A las seis es la hora del té y predomina el elemento femenino. No puede tomar el té un quisque cualquiera. Se requiere una elegancia innata, una distinción muy femenina para elegantizar ese gesto prosaico de llevar la fina taza a los labios, la acción leve y sencilla de coger las pastas. Por eso la mujer gusta de tomar el té en un ambiente de refinamiento de suaves colores, de luces matizadas…

 A las siete es la hora más  propicia para el regalo del espíritu. Hora de conferencias y de exposiciones. Hora en que los charlistas, los oradores van urdiendo conceptos e imágenes para el goce del entendimiento, para la delicia del oído. Hora en que la mirada puede resbalar gozosa  por los colores de un cuadro o por las curvas plásticas de una escultura. Hora de gentes graves y de jóvenes ansiosos de cultura o de goces estéticos.

A las ocho, el día está expirando en un adiós angustioso y prolongado, teñido el cielo en sangre de ocaso. En la consabida hora glauca del atardecer, los anuncios luminosos estampan vivas imágenes de nuevo tiempo con sus relámpagos caligráficos (…) Los escaparates proyectan rectángulos de luz sobre las aceras. Los focos eléctricos simulan estrellas urbanas, en tanto en el cielo, todavía de un tímido azul, escintilan las primeras estrellas auténticas. La calle Alcalá está repleta de gentío, de bellas muchachas, pizpiretas y compuestas que creen atrapar el novio soñado en cada joven que les dirige un admirativo chicoleo (…)

 A las nueve es la hora del Cock-tail, o del vermut Cock- tail, de luces y de ruidos en la calle, Cock-tail de licores en el bar. El guardia urbano templa el Cock-tail de afuera, el barman agita la coctelera para templar la mezcla. Saturación en las arterias de la urbe, saturación en las arterias del individuo. En la Puerta del Sol hay mucha gente, es la coctelera máxima de la urbe.

A las diez, el marido ha dicho que se iba al café, y la mujer se ha quedado increpándole por su abandono… ¡Terrible Don Juan! ¡Sabe Dios donde iría! Y mientras la mujer se mortifica en tales cavilaciones, el buen hombre ha llegado al café, se ha retrepado en el vetusto diván, que ya tiene dibujado  el molde de su cuerpo, y se ha puesto a leer un periódico, o se ha decidido a intervenir en la discusión bizantina que embarulla la tertulia. La densa atmósfera del café, enrarecida de humo de tabaco, de vahos, hace insensible el curso del tiempo, y cuando el buen hombre sale de aquel ambiente, son casi las dos de la madrugada.

 A las dos salió todo el mundo de los espectáculos (…) Y ya está la gente de vida ordenada y apacible, camino de su hogar. Porque esta hora es una hora peligrosa, los letreros luminosos acentúan sus guiños y éstos se ven acentuados por otros guiños pícaros, e irresistibles para los hombres sin compañía de mujer, y la invitación es tan viva, tan viva…

Los trabajadores de la noche se disponen a abrillantar el acharolado asfalto de la urbe, anegan las calles con sus estridentes autocubas, alzan nubes de polvo… Pero van a dejar la urbe nuevecita, sin mácula, a punto de estrenar”.          F. D.

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Antes de ser una ciudad moderna llena de automóviles, la capital de España ha de someterse a los carros de los traperos.

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La hora del aperitivo.

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La hora del “piri” o de los “trompitos”, o del “coci”, que estos y más nombres tiene el cocido madrileño

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La hora de la siesta, que los “intelectuales” aprovechan para leer.

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La hora más madrileña de todas: la del café.

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Al atardecer las horas de las tiendas. La hora más temida por todos los hombres que les ha tocado en suerte una mujercita caprichosa.

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La hora de la noche, la Gran Vía es el Broadway donde los madrileños toman su baño diario de luz artificial.

Mundo Gráfico: 3 de julio de 1935

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