LA NOCHE EN MADRID

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“En Madrid no es la noche una  muerte, sino un renacer, la misma animación en los cafés, en los bares, en la calle. En las grandes avenidas céntricas, los anuncios luminosos hacen sus guiños brillantes a la gente que pasea”.

En este post, a través de un artículo publicado en Mundo Gráfico (1935), quiero subrayar un aspecto sólidamente acreditado de nuestra capital, su animación,  la vivacidad de sus arterias, en definitiva la existencia indudable de divertimentos sea cual sea la hora en que circulemos por sus calles. Esta particularidad como veremos en esta crónica de casi 80 años, no es propia de nuestros días, sino que es inherente a la esencia de Madrid. Quizá también Madrid se merezca la atribución de “ciudad que nunca duerme”.

La ciudad de los noctámbulos:

“Cuando al filo de las 12 de las noche las parejas de “midinettes” y “calicots” se precipitaban sobre los últimos trenes que circulan bajo el suelo de París; cuando a las 12 de la noche los camareros de los cafés del West End de Londres nos advertían que dentro de unos minutos no nos venderían un solo bock de cerveza más, ni siquiera con la excusa de acompañar un sándwich; cuando en la madrugada lívida al atravesar Alexander Platz, los guardias prusianos reclamaban nuestros pasaportes o nos seguían recelosos, porque permanecíamos en una esquina con otros habitantes en Berlín, con los que en voz baja enlazábamos algún canto de nuestro rincón provinciano; cuando en cualquier ciudad centroeuropea nos advertían, pasadas las 12 de la noche que no había ningún establecimiento abierto, para saciar el apetito o la sed, o donde recluirnos para sentir el placer de sentirnos nietos de D. Miguel de Mañara, recordábamos la noche luminosa de Madrid. Esa noche que enlaza con la mañana clara, despierta y activa sin que exista una hora de reposo completo. Si los cementerios son los paraísos terrenales, el silencio de la noche da a las ciudades, la emoción de ser almacén de cosas muertas. En Picadilly, a las 2 de la madrugada, puede oírse el vuelo de un mosquito. La única circulación en los Campos Elíseos, son las parejas de guardias ciclistas que posan sobre el asfalto las llantas de goma de sus ciclos. Montmartre parpadea hasta las 3 de la madrugada (…)

En Madrid todas las horas del día y de la noche tienen su afán, su actividad, su instante de activación. Puede dormir una mitad de la población, el resto se halla con los ojos bien abiertos, como si el viejo castillo estuviera en peligro de ser atacado y precisara de guardia permanente. Madrid es amado, sentido, gozado a cualquier hora del día o de la noche (…) No es la noche la muerte, sino un renacer. La misma animación en los cafés, en los bares en las calles. Los anuncios luminosos más que parpadear nombres y marcas, parecen los guiños mecánicos que la noche peripatética hace a los transeúntes indicando los caprichos de la guía nocturna de Madrid (…)

Madrid no tiene una hora muerta. Cuando se cierran los teatros, surgen los cabarets, cuando se cierran los cabarets siguen en pie los cafés del centro, las tabernas de los barrios, los restaurantes que no tienen última hora. Cuando estos restaurantes se ven vaciados empiezan a enroscarse en el eje metálico las puertas de hierro ondulado, que con su bostezo dejan ver el fondo de los portales y de los escaparates… Pasan a la vez la triste tanguista y el hombre de rostro duro y moreno, que va a su trabajo inicial; el camarero de rostro afeitado, que luce smoking de madrugada como un señorito al terminar una juerga (…) Los tejeringos saludan las estrellas que en la aurora se acuestan como una cortesana cualquiera. Los puestos de recuelo suceden a la taberna castiza que despacha las últimas lonchas de jamón serrano. Una guitarra enfundada va camino de su casa. Los camiones se precipitan sobre los mercados.

La noche de Madrid se ha hecho para vivirla. A cualquier hora se halla una luz que anuncia un espectáculo (…) En cada calle hay siempre una luz encendida en una ventana (…) Siempre habrá una luz en cada calle para advertirnos que hay un hombre enfermo, un hombre que lee, un muchacho que estudia, una mujer que cose, alguien que vela (…) Y por tanto viven, sufriendo o no, pero viven. La noche de Madrid no es un silencio, es un ritmo. La noche de Madrid no es un misterio, es una claridad. La noche de Madrid no es una pausa, es una voz. La noche de Madrid no es un reposo, es otra actividad. Luces de escenario, de cabaret, de café, de taberna, de restaurante popular, de despachos donde se trabaja, de viejos rincones donde se estudia (…) La noche de Madrid no tiene fin (…)

 Un alemán, un francés, un inglés, un suizo no comprenderán jamás que a las 5 de la madrugada haya en una esquina un limpiabotas dispuesto al servicio de un transeúnte; no comprenderán que haya un sitio donde solicitar un plato regional y un café público donde esperar un primer tren. Pues bien, esa incomprensión de los demás, es la razón, la lógica y la importancia de la noche de Madrid”.

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Fila en las taquillas de un cinema

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Terraza de un café

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Tertulia veraniega en una barriada popular de Madrid

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