LOS INICIOS DEL TURISMO EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

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“La sierra se ha convertido en uno de los factores esenciales para el desarrollo de Madrid, todo se orienta, por el momento, en su dirección. Si se proyectan nuevas carreteras es para acercarse al Guadarrama, si se trazan líneas ferroviarias servirán para conducir  al Guadarrama en breves minutos. Si la ciudad ensancha y crece es, trepando su caserío de cara al Guadarrama. El destino de Madrid está unido a la sierra próxima, y de ella recibe el agua y el aire, elementos básicos de su higiene y salud”. Mundo Gráfico

 

Desde el último tercio del siglo XIX, y a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, se produjo un verdadero “boom” turístico en la sierra madrileña. La necesidad de habilitar lugares cercanos a la capital, que no tuviesen  los inconvenientes de los gastos y molestias propios de los largos viajes, provocó el establecimiento de colonias veraniegas en pueblos tan próximos como Cercedilla, Guadarrama, El Escorial, Miraflores, El Espinar, La Granja… Todos estos municipios experimentan una verdadera “revolución urbanística”, con la construcción de lujosos hoteles y residencias veraniegas, mejora de sistemas de conducción de agua, de pavimentación, así como la edificación de las estructuras necesarias para dar cobertura a los cinematógrafos, teatros, pabellones de baile… El desarrollo del ferrocarril, fomentó el florecimiento de estas colonias, ya que se situaban en la linde del ferrocarril o muy cercana a ella. Todas las estaciones de la línea de Ávila y Segovia puede decirse  que eran estaciones de verano.

Asociaciones como la Sociedad para el estudio del Guadarrama, los Amigos del Campo, pero sobre todo la Institución Libre de Enseñanza a través de actividades culturales y deportivas, ayudaron notablemente a popularizar algunos de los parajes más fascinantes de la cordillera.  Mucha repercusión tuvo la excursión protagonizada por Giner de los Ríos, Manuel B. Cossío y un grupo de profesores y alumnos en el verano de 1883. El grupo partió de Villalba, ascendieron a  Navacerrada y  pernoctaron en Cotos. Al día siguiente se transitó por El Paular, Navafría y La Granja. Fue un “peregrinaje” “aprovechado y bellísimo, que ganó para el Guadarrama la atención y la solicitud de aquel escogido plantel de la nueva mentalidad hispana”.

No obstante, existían importantes diferencias en cuanto a las preferencias de los madrileños, a la hora de decantarse por las distintas zonas de la geografía serrana. Los excursionistas y turistas encontraban  la vertiente sur de la sierra de Guadarrama, menos atractiva que la vertiente segoviana, principalmente en estos años iniciales de fulgor por la sierra. Algunos artículos de opinión, como el expresado por La Ilustración en 1898 denota esta circunstancia: “En los “oasis” como Colmenar, Collado Mediano, Cercedilla, Miraflores, Guadarrama o Robledo no se puede salir de casa desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Las casas son por dentro, salvo contadísimas excepciones, como en tiempo del rey Wamba (…) No es aventurado el suponer que sea imposible, el instalar sencillas barriadas, grupo de edificios, hoteles aislados, casas modestas o elegantes, para ser alquiladas de mayo a octubre (…) Claro es que hay que improvisarlo y hacerlo todo, porque allí no hay nada”. El pueblo de Guadarrama prototipo de villa de esta comarca, es calificado despectivamente por la revista Nuevo Mundo, como un “poblado extremeño”, situado en torno a “un paisaje desolador”, que sólo cambia apenas se sale del pueblo camino del Puerto del León, donde se sitúan unos “cuantos hoteles de monótona construcción, extendidos en hilera bajo los árboles”.

En contraposición La Ilustración, señala que el sitio más delicioso de España está, “al otro lado de la sierra. Allí se ven árboles más corpulentos que los de Granada, jardines más preciosos que los de Sevilla, bosques más frondosos que los de Cantabria, las nieves de los Alpes, las aguas frescas del Pirineo, palacios, cascadas, fuentes, estatuas y jardines, arte y sobre todo un cielo azul, como sólo se ve en el centro de España. La Granja es espléndida, fresca, frondosa y sana”. La Granja además de su extraordinario patrimonio cultural y paisajístico ofrecía: “excursiones organizadas a Peñalara,  Siete Picos, La Boca del Asno o periplos cinegéticos a la posesión de Riofrío”. En la prensa se subraya su “dotación en excelentes aguas potables”, así como los divertimentos existentes en esta colonia segoviana (bailes, conciertos…) y en las localidades próximas de El Espinar o San Rafael.

Cercedilla sería paradigma de municipio que adquiere un desarrollo sobresaliente en estas décadas. Nuevo Mundo constata este hecho: “Hace pocos años, este pueblo era completamente desconocido, fueron los alemanes y los aficionados al turismo los que la descubrieron como estación veraniega de grandes ventajas: por su altura, sus aguas, sus pinares y su proximidad a Madrid”. Poco a poco el municipio se fue adaptando a las demandas de tan elevado número de visitantes, iniciándose rápidamente: “La ampliación de su estación ferroviaria por la afluencia de viajeros y las necesidades  del transporte y tráfico de mercancías; la edificación de nuevas edificaciones como hoteles, fondas sanatorios, refugios, o la construcción de un ferrocarril eléctrico que conectaba con lo alto de la sierra”. Este pintoresco pueblo, era el escogido, para pasar el verano, por grandes celebridades como el premio Novel D. Ramón y Cajal, el compositor D. Emilio Serrano, la diva Matilde de Lerma o el celebérrimo pintor Joaquín Sorolla que se construyó un “cómodo hotel”. Además de estas celebridades y de eminentes aristócratas, Cercedilla era invadida por colonias de escolares, habiéndose construido para tal fin, pabellones y chalecitos para albergar a “centenares de escolares de ambos sexos”.

La población experimentó un gran empujón con la inauguración del tramo ferroviario que unía la localidad con el Puerto de Navacerrada (julio de 1923). En 1929 un informe de las Oficinas del Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama, señalaba que la cifra de viajeros transportados al cabo de un año era aproximadamente de 25000, dato significativo porque no resultaba económico su uso. Muchos de estos viajeros se disponían a “deslizar sobre la nieve del Guadarrama”. El Club Alpino español  había sido fundado por D. Manuel González Amezúa,  verdadero alma del movimiento alpinista. La cuna del Club fue el Twenty Club, por ser 20 el número total de sus  socios fundadores, allá por 1906. A mediados de los años 30, el número de adheridos ascendía a más de 2000 socios.

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En los rotativos madrileños proliferan en las primeras décadas del siglo XX, anuncios publicitando hoteles en la zona. Figuran hoteles como el Gran Hotel Alfonso XIII o el Hotel Golf en Cercedilla, que ofrecen “habitaciones con agua corriente y todo confort”, desde 15 pesetas la pensión completa. El Espinar se distingue por poseer una muy buena red hotelera, ya que sus hoteles: “reúnen las mejores condiciones higiénicas, al estar dotados en su mayoría de agua corriente en todas las habitaciones”.

Esta pasión de los madrileños por la Sierra del Guadarrama trajo también consecuencias negativas. Los naturales comienzan a quejarse, del escaso cuidado que los excursionistas muestran en sus desplazamientos al campo. Reveladoras son la aparición de coplas populares, que inciden en este aspecto: “¿Qué importa, en fin, que los prados / de verde hierba esmaltados, sean limpios y risueños / si luego los madrileños, que vienen desde la villa/ en domingo a estos vergeles, / nos lo llenan de papeles impregnados de tortilla?” Y todo ello a pesar que todavía para muchos contemporáneos la cifra de excursionistas: “es misérrima, y pone de relieve la cualidad sedentaria de nuestro pueblo (…) Y es que el madrileño, acostumbrado a la atmósfera de los cafés, viciada y enrarecida por el humo de los pitillos y por las exudaciones humanas, no puede soportar, sin desfallecimiento, el aire puro de la montaña

 

¡Adiós, Madrid!: Juan López Benito. Revista Madrid Histórico n. 23

Mundo Gráfico 3 de julio de 1935

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