LA INSALUBRIDAD DEL MADRID DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

He rescatado un interesante artículo publicado en el rotativo Nuevo Mundo, de julio de 1905, en el que se denuncia las condiciones de insalubridad, que sufrían gran parte de los madrileños en sus míseras casas. La llegada de la canícula provocaba que en este estado, las incidencias ocasionadas por la falta de aseo se multiplicasen, y es en esta coyuntura, cuando el autor del escrito Don Dionisio Pérez, profundiza y pide soluciones. Señala como principales culpables de la lamentable situación, la avaricia de los rentistas y el inmovilismo legislativo del Consistorio madrileño en este ámbito. En síntesis el escrito dirigido al Sr. Alcalde Mayor (Don Eduardo Vincenti) es el siguiente:

Ha llegado la de vámonos. Las compañías de ferrocarriles que sentían la crisis general de país por el descenso de sus ingresos, ven con gozo, como el verano llena sus arcas. Madrid se despuebla. Ni la forzosa necesidad de estar cerca de un gobierno que reparte ahora sus primeros favores y prepara los distritos, detiene a los que huyen en busca de fresca temperatura, de agua en que chapuzarse, de campos apacibles y un poco de esparcimiento y de notoriedad (…) Eusebio Blasco en las postreras campañas de su hermosa pluma, se empeñó en convencer a los madrileños que había grandes encantos estivales en la Corte. En verdad, no logró fruto alguno, la realidad tiene mucha más fuerza que la retórica; Madrid en verano es una caverna plutoniana. El caso es que hay otras muchas poblaciones españolas, a creer en los termómetros, donde hace mucho más calor que en Madrid y sin embargo, aquel calor se siente mucho menos (…)

  Las ordenanzas municipales prohíben a los vecinos sentarse en las aceras y formar corros en las puertas de las casas, pero apenas anochece, Madrid se convierte en aduar. Las casas pequeñas, con patios como tubos, las casas sin aire requemadas por el sol, echan a la calle a sus moradores. Sería inicuo obligarles a permanecer dentro de estas jaulas donde los madrileños se asfixian. Madrid carece de toda condición de habitabilidad durante el verano. Es un horno y a la vez un pudridero.

 Vuesa Merced, Sr Vincenti ha mandado limpiar la Villa. Nerón sería necesario para lograrlo. Bajo la dorada capa de las nuevas edificaciones, perdura el Madrid de Felipe IV que Fernández de los Ríos y Mesonero describieran, y si los cerdos de San Antón no hozan por entre las piernas de los traseúntes, es porque los buenos padres de las Escuelas Pías, han desistido de explotar su privilegio, criando tales animalitos. Y aún Nerón lograría poco con su fuego purificador.

 Sería preciso resucitar también a Caracalla. En Bilbao y Barcelona no hay casa en sus enanches que no tenga cuarto de baño. Aquí el baño es un artículo tan de lujo y refinamiento, que los propietarios de fincas nuevas, creerían tirar la casa por la ventana si lo pusieran a disposición de un inquilino que pagara por el alquiler menos de 30 duros.

 Sería una iniciativa excelente y ganaría fama el alcalde que lo realizara, la de construir en los barrios populares 8 ó 10 pabellones destinados a baños públicos. En los balnearios privados existentes en Madrid cuesta un ojo de la cara bañarse diariamente. Es un placer para rentistas. Los médicos saben que en Madrid los baños lo toman las más de las gentes como medicina y previa receta. Sería curiosa una estadística del número de personas que entran en los balnearios particulares; ello probaría al alcalde la necesidad de que esos pabellones se construyan enseguida, y si parece mucha gollería abrirlos, de par en par al público, gratuitamente, cóbrense 5 céntimos , 10 a lo sumo, y se verá que no hay en Madrid tal miedo al agua, sino una imposición de la realidad económica de 2/3 partes de los madrileños, que les manda privarse de la higiene… porque la higiene es cara. Además de cara la higiene es educación. Como dice un cuentecillo andaluz el olfato se acostumbra a todo y es inútil pedir la limpieza del hogar, cuando la del cuerpo es imposible (…) De no hacer esto, el Ayuntamiento tendrá que plagiar a Gambetta y gritar, tan alto que todos los madrileños se enteren: ¡El casero! !he ahí el enemigo¡ Sí, ese es el enemigo del pueblo madrileño, el que mantiene esta bochornosa cifra de mortalidad que espanta, el que nos convierte en Kabila Rifeña. Yo no se hasta que punto la ley será traba de una buena voluntad convertida en alcalde; no se qué trámites legales hay que llenar, enojosos y dilatorios, para derribar las casuchas, donde el pueblo de Madrid se consume y envenena; pero ¿tan difícil sería  mandar cerrar e impedir el alquiler de las habitaciones antihigiénicas?¿No hay en Madrid una Junta que sancione éstas, que serían hermosas y plausibles alcaldadas?

Entonces cuando los propietarios vieran sus fincas improductivas, harían cuanto debieran hacer por deber de ciudadanos, por caridad y misericordia, entonces cuando los pobres se vieran ahuyentados de los tugurios donde hoy viven, surgirían empresas que construirían barrios obreros; entonces las empresas de tranvías crearían el billete económico para obreros, que los pudiera transportar a larga distancia.

Pero estas cosas hay que hacerlas rápidamente, enérgicamente. Madrid es un horno y una pocilga y Madrid entero aplaudirá a Nerón-Alcalde y Caracalla- Alcalde (…) Anímese Sr. Vincenti abuse a su placer en estas cosas cuanto quiera, que el día que sea necesario colgar a un casero remiso o litigante, cien manos inquilinas se le ofrecerán para izar la cuerda”

  

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