PERCEPCIÓN DE MADRID POR PARTE DE INGLESES Y FRANCESES EN TORNO A 1800. CAP 3 GENTE Y COSTUMBRES

José Bonaparte: “Ellos no conocen esta Nación, que es semejante a un león, ni un millón de soldados podrían aplastarla con su poderío militar”

En este capítulo abordaremos las impresiones percibidas en torno a las gentes y las  costumbres matritenses.  En primer lugar subrayar la reiteración del uso de frecuentes tópicos para definir la sociedad madrileña y castellana: sobriedad, austeridad, religiosidad… El Barón de Langle señala que en Paseo del Prado “se ven mujeres uniformemente vestidas, cubiertas con grandes velos blancos o negros y hombres envueltos en grandes capas generalmente de color oscuro, por lo cual el Prado, con ser lucido parece la representación absoluta de la gravedad castellana”. Henry Ingles (1830) detalla la costumbre vinculada a los paseos en el Prado de “rendir honores a cualquier miembro de la Familia Real. Todos los carruajes deben detenerse y sus ocupantes han de quitarse el sombrero, y si el coche es descubierto deben además ponerse en pie. En cuanto a los peatones, todos han de interrumpir su caminar, volverse hacia el personaje e inclinarse con la cabeza descubierta. Nadie está exento del esperado homenaje, lo que acarrea una gran molestia”.

El marqués de Langle apunta que “a todas horas, en todas las plazas puede oírse en Madrid la palabra de Dios. Un fraile se apodera de una esquina, desde donde subido a una mesa, banco o tonel predica, arenga a devotos, ociosos o transeúntes. Durante la Semana Santa se tiñe de negro Madrid, se cierran los espectáculos, los cafés están desiertos, el pueblo llena las iglesias… ” En esta dirección el Barón de Bourgoing indica que “al primer toque del Ángelus, los paseantes se descubren, se detienen de repente y terminadas las oraciones del Ángelus todos reanudan el paseo y las conversaciones”

Richard Fox Barón de Holland, concluye que “el castellano no es dado a vicios bajos o degradantes, pero sí es muy orgulloso, testarudo, lleno de prejuicios, supersticioso y fiel a su Dios y a su Rey”.

Un apartado manido es el referido al aspecto físico de las mujeres. Theophile Gautier las describe como “encantadoras, de cada 4 mujeres 3 son bonitas. Además es un error creer que en España no hay rubias, abundando también los ojos azules”. Un oficial inglés se muestra “impresionado por la elegancia de las mujeres, la belleza de su atiendo y la gracia de su andar”. Podemos rastrear también divergencias, el Barón de Holland afirma que “las madrileñas no son tan atractivas como las valencianas o andaluzas, siendo la manola lo más digno de mención, no así desde el punto de vista moral. Además no tienen la gracia y elegancia de las andaluzas o la sencillez y honradez de las charras”. T. Gautier anuncia la práctica desaparición de la figura de la “manola”, “existen pero despojadas de su carácter primitivo. No lleva su traje atrevido y pintoresco, ha sustituido esas faldas de colores vivos, el horrible zapato de piel ha suplantado al zapatito raso, y la falda se ha alargado 2 dedos o más. Hoy en día es difícil distinguirlas de las burguesitas y de las mujeres de los comerciantes”. El escritor comenta que “apenas vio alguna en el Rastro”. En el Paseo del Prado sí “que pudo contemplar unas cuantas pasiegas con su traje característico: falda de paño rojo plegada, corpiño de terciopelo negro, pañuelo de colores en la cabeza… Suelen ser muy hermosas pasando por las mejores amas de cría”

Henry D. Ingles sentencia que “las madrileñas no tienen nada que las retenga en casa; las damas a diferencia de las de Londres, no ejecutan labores domésticas y la mayoría de las burguesas no se ocupan de sus tiendas como lo hacen en París” . Añade el siguiente detalle: “durante el paseo la mujer estudia cada paso que da, porque el objeto de su salida consiste en ser vista y admirada, además la naturaleza del clima la obliga a caminar con lentitud”

Nuestro Mesonero Romanos define a los “manolos” y “manolas” como:“altivos, arrogantes, animosos contra todo lo extranjero, escasamente instruidos lo que ha provocado que hasta hace pocos años esta parte de nuestra Villa (Lavapiés, Rastro, Embajadores) fuesen como población aparte, aislada, hostil y terrible para el resto de ella”.  Para agregar: “el tipo de “manolo” se fue formando espontáneamente con la población propia de nuestra Villa y la agregación de los infinitos advenedizos que de todos puntos del reino acudieron en busca de fortuna. Todos los cuales se mezclaban con las clases más humildes adoctrinándoles con su ingenio y travesura, despertando su sagacidad, su desenfado y arrogancia, formando en los “manolos” un tipo original y especial, un compuesto de la gracia y jactancia andaluza, viveza valenciana y seriedad castellana. Han venido sufriendo constantes y sucesivos modificaciones en sus costumbres, modales y trajes, aunque sus oficios favoritos continúan siendo los de zapatero, tabernero, carnicero, tratantes en hierro, trapo, papel, sebo y pieles”.

T. Gautier señala 3 elementos que llaman mucho la atención a los extranjeros. En primer lugar el abanico: “una mujer sin abanico es cosa que aún no he visto en España, a todas partes lo llevan, hasta en la iglesia”. En segundo lugar los vendedores de agua, normalmente muchachas procedentes de Galicia y Valencia: “No es raro que el Manzanares lleve tan poco agua, puesto que desde el manantial se la van robando a cántaros”. Por último los portadores de fuego (para encender los cigarros): “Granujillas armados de recipientes metálicos llenos de carbón y ceniza con un mango para no quemarse”

Para cerrar el capítulo quisiera manifestar las sensaciones provocadas por nuestra fiesta nacional. Recuerdo que la plaza de toros en esta época estaba situada junto a la Puerta de Alcalá (1774) según el proyecto de Ventura Rodríguez y Fernando Moradillo. Alejandro Dumas expresa que es un “espectáculo curioso, el que ofrece Madrid yendo a los toros. Se diría un río desbordado que se precipita por una pendiente. Imagine por  toda la calle Alcalá la variedad de colores, que es encanto de los trajes españoles. Imagine el movimiento perpetuo de miles de personas que pugnan por invadir el sitio de sus vecinos, imagine los rumores que producen estas miles de voces y su imaginación quedará muy por debajo de la realidad”. A la aristócrata Baronesa Holland le llamaba la atención “la indiferencia general hacia las víctimas, el entusiasmo del público, que no puede contener su júbilo ni tampoco su descontento cuando el matador asesta mal la estocada. Los toreros son muy admirados por las damas; tiempo atrás las Duquesa de Osuna y de Alba rivalizaban en su admiración por Pedro Romero”

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