PERCEPCIÓN DE MADRID POR PARTE DE INGLESES Y FRANCESES EN TORNO A 1800. CAP. 2 TRAZADO URBANO

Las  impresión general que causaba Madrid a los forasteros era muy dispar. Detectamos emociones negativas como la expresada por el Barón de Bourgoing (1795): “si exceptuamos el Prado y su avenida, no podemos citar ninguna barriada hermosa”. Pero también hallamos enjuiciamientos muy positivos y antagónicos a lo anterior: “Se ha convertido en una de las ciudades más hermosas de Europa”, valoración referida por Jean Francois Peyron en 1778, o la vertida por Charles Boufleur, un oficial inglés que entró con las tropas inglesas en agosto de 1812: “La ciudad es la más hermosa que jamás viera; hay un número ingente de palacios y de otras casas señoriales, y las casas son amplias y bien construidas, de modo que sobrepasa lo que cualquiera podía esperar”.

Contrariamente a lo que muchos pudiéramos pensar, son muchas las referencias relativas al buen trazado y adoquinado de las calles. El Marqués de Langle afirma: “Las calles de Madrid son anchas, bien abiertas, bien alineadas, casi todas adornadas a cada lado con una acera, enlosadas con grandes piedras, prohibidas para los coches y caballos. El lujo de las carrozas, la manía de tener coches, se conserva tan corriente en Madrid como en París, pero gracias a las aceras que bordean las calles, jamás es atropellado nadie” . Otros personajes como William Beckford o Jean Francois Peyron, apuntan en la misma línea, hacia “el buen adoquinado de las calles”. Discordante se muestra, a pesar de alabar la belleza genérica de la Villa y Corte, Charles Boufleur, exponiendo que “la gran molestia que ofrece la ciudad es la dureza del pavimento, que provoca a todos llagas”.

No parece tener en general buen predicamento, el diseño de las plazas. Jean Francais Peyron (1778) sostiene: “la irregularidad de las plazas de Madrid; las principales son las de San Joaquín, Sol, Leganitos, Santo Domingo, de la Cebada y por supuesto la Plaza Mayor”. El Barón de Bourgoing (1795), personaje que negoció con España el Tratado de Basilea, no salva ni a esta última: “La célebre Plaza Mayor no tiene nada que justifique el entusiasmo con que la elogian los españoles. Todavía en esta época se celebran corridas de toros. Se despachan en esta plaza la mayor parte de los comestibles y mercancías. La desluce una multitud de tenderetes que no permiten atravesarla en todos los sentidos. Hay un edificio bastante bello en que la Academia de la Historia celebra sus sesiones y en donde conserva su biblioteca, su museo, sus manuscritos” Sólo introducir un matiz a esta observación, la plaza Mayor había soportado un fuerte incendio pocos años antes de la visita del Barón, sufriendo un enorme deterioro.

Sin duda alguna lo más admirado del trazado urbano es el Paseo del Prado, como orgullosamente proclama Mesonero Romanos, “uno de los más bellos y magníficos paseos de Europa”. El novelista inglés William Beckford, expresa que quedó “impresionadísimo por lo espacioso que es el paseo principal, la longitud de la avenida y la majestuosidad de las fuentes”. El Barón de Bourgoing se refiere a él como: “espléndido, destacando la Fuente de Cibeles y el Jardín Botánico”, subrayando que esta institución es: “la más valiosa del mundo, gracias a las variedades de climas de los numerosos estados que el Rey dispone”. John Aitchison, oficial del ejército de Wellington, afirma que éste último era un asiduo de esta avenida. Continúa el relato mencionando, que “es una moda pasear por el Paseo del Prado hasta que anochece. Lo describe como “un espacio largo y ancho, con 6 hileras de árboles a cada lado; la explanada central es para los carruajes y en ella se hallan a distancia, unas hermosas fuentes que suministran el agua para los árboles a través de unos canalillos. Como curiosidad indicar que toda persona con uniforme puede entrar gratis al Museo y a las demás instituciones”

He recogido una serie de edificios que llamaban poderosamente la atención a nuestros ilustres visitantes, bien sea por su magnificencia y rico ornato, o bien por la acumulación de descripciones negativas que acumulan. De los edificios pertenecientes al primer apartado debemos reseñar esencialmente el Palacio Real. Joseph Towsend (1791) concluye que: “es imposible ver el nuevo Palacio sin gozar del placer más perfecto. Sobresale la balaustrada que se encuentra encima de la cornisa y sobre la que están colocadas sobre pedestales una serie de reyes”. Tanto el insigne científico británico como el diplomático francés Barón de Bourgoing, coinciden sin vacilar, en lo majestuosidad del Salón de Reinos del Palacio. Si el primero afirma que “lo más sorprendente del Palacio es el Salón de Reinos, ofreciendo una apariencia magnífica”,  el segundo concluye que “la Sala del Trono es digna de admiración aún para quien conozca la Galería de los Espejos”

La Baronesa Holland, Elizabeth Fox (1802), describe dos residencias aristocráticas, que nos ilustran acerca de la desmedida opulencia de las Grandes Familias de la época.  En primer lugar la residencia de los Medinaceli, a pesar de  criticarlos por su postura patriótica durante la Guerra de la Independencia, reconoce su enorme poderío: “La mansión es inmensa, cubre varias áreas de terreno, pertenece a tres parroquias y se comunica con tres iglesias por medio de galerías. En la casa hay sastres, zapateros y otros artesanos (…) Los Medinaceli por sí solos conforman una suerte de estado. En la mesa, el Duque y la Duquesa son atendidos por gentiles hombres arrodillados. La hacienda de los Medinaceli es la mayor de España”. En otro momento de su relato esboza el siguiente cuadro paradisíaco de la Alameda de Osuna,  situada en las afueras de la capital: “Es un lugar alegre y boscoso. Los jardines que proporcionan enorme frescor, están surcados de innumerables grutas, templetes, excavaciones, canales, barcas de placer, islas, montes (…) La mansión es excelente y muy bien amueblada. La Duquesa se ha aficionado a los lujos franceses, sin que por ello hayan disminuido su magnificencia y hospitalidad nacionales. La Duquesa de Osuna era la gran rival de la célebre Duquesa de Alba en cuanto a prodigalidad y esplendor”.

Con respecto a los edificios que menos consideración cosecharon debemos resaltar el Palacio del Buen Retiro, construcción realizada prematuramente y con materiales por lo general de baja calidad. El literato Gautier que se autoproclama docto en la materia “porque los franceses en esto de las residencias reales tenemos a Versalles”, no considera la edificación ni siquiera suficiente “para realizar el sueño de un tendero rico”. El Barón de Bourgoing apunta que “Ninguna residencia regia ha tenido nunca tan poco aspecto de palacio como el Buen Retiro, informe conjunto de habitaciones sin majestad, situados en unos jardines desaliñados y faltos de agua que sirven actualmente de paseo público”. Hay que recordar que durante la Guerra de la Independencia, el Palacio y anexos fueron utilizados como cuartel militar  por los ingleses, siendo situado un polvorín y un fortín en los jardines. Aunque Isabel II tuvo el propósito de restaurarlo, finalmente no se hizo otra cosa que demolerlo.

Un lugar muy criticado y no por su aspecto exterior es el Hospital General de Madrid, obra de Ventura Rodríguez, Hermosilla y Sabatini. En este edificio, como señala Mesonero Romanos vinieron a refundirse todos o casi todos los hospitales antiguos y modernos que existían en Madrid, tras su inauguración en el último tercio del siglo XVIII. El político e historiador francés Adolphe Blanqui (1826) expone que: “La magnificencia del monumento cubre inefables miserias. Se cree entrar en un palacio, pero de repente se extiende un olor fétido. Una capa de arena que se extiende por toda la longitud de los dormitorios, sirve de receptáculo a las más insalubres inmundicias, esta capa se renueva con menos frecuencia que la cama de paja en las cuadras (…) Es un espectáculo horroroso ver circular esqueletos ambulantes de larga barba, de mirada triste y cubiertos de andrajos. Es un cuadro de miseria y despojo absoluto que contrasta con la elegancia y limpieza de los hospitales de París”. En estos parámetros de desolación y desagrado absoluto, se manifiesta el Marqués de Langle: “Las camas sin cortinas, los colchones de paja, la sopa con carne podrida. He visto en la misma cama, entre un muerto y un moribundo a un enfermo que comía, y a sus pies cosían una mortaja mientras que en un rincón clavaban un féretro”.

Para concluir este apartado de emplazamientos nocivos para la “imagen de Madrid”, habría que referirse al funcionamiento de la Cárcel de la Corte, el escritor inglés George Borrow, la describe de esta manera: “Uno de los calabozos, es si cabe, más horrible que el otro, encerrando en ellos chicuelos de 7 a 15 años, casi todos en la mayor desnudez.(…) El domingo es día de gala en la cárcel, toda la ladronería exhibe sus galas (algunos apenas un pequeño harapo). En ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados en sí mismos y en tan extremado descuido. Las autoridades no prestan la más mínima atención a su conducta moral, a su salud y comodidad mientras están encerrados”.

Por último volver a recalcar como señalé en el anterior post, que todas estas impresiones lógicamente se ven influidas por multitud de factores que vienen determinados por la procedencia, profesión, prejuicios, inquietudes… de los protagonistas.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Historia. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s