EL CONFLICTO DE LAS CAROLINAS.1885

  El conflicto de las Carolinas enfrentó a las naciones de España y Alemania. Fue originado por la ocupación de un cañonero alemán, en una de las islas de dicho archipiélago, lo que  provocó en España una oleada de patriotismo y exaltación nacional. No es mi propósito analizar en este post, los debates vivísimos que se divulgaron en la prensa, o la búsqueda de responsabilidades entre los políticos de entonces, ni de interpretar el arbitraje del Papa y su resolución, sino la de describir la reacción de los madrileños ante lo que creían era una usurpación, una verdadera humillación y en última instancia una declaración de guerra. Exhibiciones patrióticas como las acontecidas durante los meses de agosto y septiembre de 1885 en Madrid, podemos rastrearlas durante los años de la guerra de África (1859-60), o años más tarde durante el trágico 98, pero no por menos conocido resulta menos interesante, desde el punto de vista emotivo y de movilización de las masas, lo vivido en estas fechas.

                                     LA GRAN MANIFESTACION PATRIÓTICA

   El máximo exponente de esta corriente de furor nacional, fue la gran manifestación que se realizó en Madrid “sin distinción de clases sociales ni de partidos políticos, en la tarde del 23 de agosto”. Según algunas crónicas como la de la Ilustración Española y Americana “la más grandiosa que registran los anales contemporáneos de la villa y corte”. En torno a 100000 almas según el cronista de la Discusión, se dieron cita, cifra considerable y más teniendo en cuenta el alarmismo existente entre los ciudadanos por la epidemia de cólera que azotaba a España durante ese año. El colorido que presentaban las principales arterias de la capital debió ser espléndido, colorido por los pendones, banderas y estandartes nacionales, como el lábaro de Pelayo, que portaban la “multitud innumerable” que llenaba la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, o la calle Arenal. Por los balcones adornados de banderas y colgaduras de clubes y sociedades, como la Gran Peña, el Veloz Club o el Círculo Monárquico Democrático. Lugares por los que al pasar el gentío, “el entusiasmo de la muchedumbre se multiplicaba prorrumpiendo en atronadores vivas y aplausos, cuando los socios de aquellos círculos bajaban a la calle y confraternizaban con los manifestantes”. Tranvías y carruajes atestados de gente, comercios y teatros ostentando la bandera nacional sobre sus puertas. Como anécdota señalar los aprietos que sufrió un comercio de nombre alemán, que hubo de instalar el siguiente rótulo en el escaparate: “el dueño de este comercio ni ha sido alemán, ni lo es, ni lo será nunca, sino de nacionalidad austro-húngara. Viva España”. En los balcones de los edificios de la villa destacábase  “hermosísimas mujeres, luciendo algunas de ellas la tradicional y clásica mantilla española”

  Varios fueron los “puntos calientes” de la marcha. Sobresalieron el Congreso de los Diputados, donde un grupo de estudiantes que portaban un estandarte que rezaba: “Viva la integridad Nacional- Vida y Haciendas por la Patria”, dieron entusiastas vivas al parlamento español, al ejército, a la integridad de la Patria y a España. El Ateneo en cuyo balcón había sido expuesto el retrato del ilustre Mendez Nuñez y la plaza de la Lealtad junto al obelisco, donde un aclamado militar “pronunció patrióticas frases, señalando como ejemplo digno de imitarse, el que en 1808 dieron los mártires de la Independencia Española”  

  Mención preponderante merecen el Centro del Ejército y la Armada, en la calle del Príncipe y el palacio de la Presidencia en la calle Alcalá. En el primer lugar, los ex ministros Manuel Becerra y Cristino Martos pronunciaron desde los balcones “que aparecían lujosamente engalanados, breves y elocuentísimas arengas, en medio de religioso silencio de la muchedumbre”. Algunas de las frases más destacadas que vertieron estos ilustres oradores liberales, “cuyas palabras pronunciadas con vibrantes ecos y con el fuego del patriotismo, produjeron estruendosa explosión de vítores y aplausos”, fueron: La bandera de España podrá caer desecha por la pólvora y agujereada por las balas, pero nunca humillada”.Apelaban a “dar la vida y las haciendas para la salvación de la honra y la integridad de la patria, a estar a la altura del pueblo heroico del 2 de mayo”. Para terminar: “Si por nuestras desdichas hemos caído en estado de postración, del seno de esa misma postración nuestro patriotismo sacará fuerzas para hacer triunfar nuestro derecho por nuestra razón, y si fuese preciso, por nuestras armas”.

  El incidente más reseñable de la marcha fue el acontecido ante el palacio de la Presidencia del Consejo de ministros, cuando un grupo de manifestantes mostraron deseos de que la bandera nacional fuese enarbolada en el asta, circunstancia que el gobierno quiso impedir a toda costa, para que no se les asociase a dicha manifestación y agravar aún más la tensa situación internacional. Sin embargo un grupo de jóvenes treparon por la fachada del edificio, ayudados por las rejas de las ventanas, logrando finalmente uno de ellos colocar una bandera sobre el escudo existente sobre el edificio. Este hecho “fue celebrado con grandes gritos y aplausos”, señalándose “los prodigios de equilibrio que para llegar a los balcones hicieron los mencionados individuos”. El balance de la manifestación  lo expresa atinadamente el periódico La Discusión: “Grande como el pueblo español, imponente como su cólera, inmensa como su desprecio al tirano de Prusia que ayer tarde hicimos los españoles…  Para demostrar nuestra indignación por el inconcebible acto de piratería llevado a cabo por los alemanes, en el archipiélago español de las Carolinas”…

  Durante los días siguientes a la “gran manifestación” la tensión y el fervor continuaba. Las manifestaciones aunque menos multitudinarias y más espontáneas se sucedían, acabando algunas de ellas en trifulcas entre los manifestantes y las fuerzas de orden público. Prueba de ello es el choque producido entre un grupo de unos mil individuos y la Guardia Civil en la Puerta del Sol el 5 de septiembre, donde se produjeron varios heridos y alrededor de 200 detenciones. Otro acto vandálico reseñable se produjo, cuando “una muchedumbre se dirigió a la embajada de Alemania, arrancó el escudo de esta nación, lo llevó arrastrando a al Puerta del Sol y le prendió fuego”.  Las consecuencias de estas situaciones, fueron un endurecimiento de la actuación de las autoridades, pudiendo éstas delegar en el mando militar, según aprobó el Consejo de Ministros.

  Curiosamente encontramos en la prensa, máximos responsable del clima incendiario que se respiraba en Madrid, una velada crítica al hecho de que en este tipo de concentraciones pudiéramos encontrar niños de corta edad muy apasionados, vociferando gritos contra Alemania. Es ilustrativo al respecto, el relato del cronista de La Correspondencia de España: “Con dolor presenciamos manifestantes de niños y niñas, ostentando banderitas nacionales y esgrimiendo armamento…Uno de ellos la capitaneaba Lolilla la Fosforera…Los diminutos manifestantes gritaban ¡Viva España! Y ¡Muera Alemania!…Reprobable censurable e indignante es que haya padres que permitan se empequeñezcan los actos más viriles de un pueblo, poniéndolo en caricatura. Conviene no olvidar se trata de asuntos tan graves como el honor de la patria y la integridad del territorio”.   

   Es singular comprobar el cambio radical de la opinión favorable, que el pueblo español y madrileño, tenían de los alemanes antes de surgir “la fatal noticia”, en contraste con la cantidad de burlas y chascarrillos que se originaron a partir del incidente contra el pueblo alemán: “¡Parece mentira con lo que amábamos a los alemanes antes de que ocurriera lo de la usurpación de las Carolinas!…!Qué nación tan grande debe ser Alemania! Todo allí es exuberante desde el talento de Bismarck, hasta los pies de sus súbditos… Llegamos a creer que Bismarck tenía en sus manos la felicidad y la de nuestras familias, y llegamos al afán de alemanizarnos, nos pusimos a beber cerveza…Después llegó la fatal noticia y todos los corazones latieron a impulsos de la indignación” De este tipo de revelaciones tan positivas impregnadas de ironía, a chanzas que se podían escuchar en la calle y reflejadas en los diarios, del tipo: -“Papá ¿qué clase de ave es la que tiene pintada el escudo alemán? – Pues… un ave de rapiña.

Un caballero y una señora entran en una relojería alemana, bajo el pretexto de comprar algo, y se marchan con algunos relojes en el bolsillo, sin la voluntad del dueño, por supuesto. Ellos dirían: Éstos nos han quitado las Carolinas, pues vamos a apandar lo que se pueda. Se acordaron del refrán de quien roba a un ladrón…” –

  Por último recalcar las muestras de patriotismo a través de manifestaciones convocadas en suelo español y fuera de él (Barcelona, Zaragoza, Valencia, Sevilla, Buenos Aires, Burdeos, Nueva York,  Marsella, Lisboa, Genova…). Alguna de ellas como la de Barcelona,  tan masivas y populares como la de Madrid  El segundo aspecto a señalar, los continuos ofrecimientos y apoyos de todo tipo de organismos del país, incluido los de territorios con fuerte sentimiento regional, como la Diputación de Vizcaya, brindando hombres y dinero para defender la “integridad del territorio”, o de la Asociación de la Marina Mercante y del Ayuntamiento de Barcelona, prometiendo sus servicios para armar buques en corso o vigilar las costas de los dominios españoles, además de equipar al efecto cuerpos de voluntarios catalanes. Podemos concluir que  todas estas apelaciones al valor legendario del pueblo español y exaltaciones patrias se han traducido históricamente, como señalaban algunos observadores extranjeros de entonces: “En un espíritu indomable que ha sostenido al país ante hechos que parecían irremediables. El mismo espíritu que ha hecho que subyugar a España sea empresa imposible para un conquistador extranjero, por fuerte que se presente”.  

 Fuentes utilizadas:

 –El Liberal

-Madrid Cómico

-Revista de Geografía Comercial

-La Discusión

-La Ilustración Española y Americana

-La Correspondencia de España

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