UNA NOCHE EN EL “REAL”

  Resulta interesante manejar las publicaciones de este período(finales del siglo XIX), para poder conocer mejor el ambiente, que rodeaba a este característico mundo . Acudir al Real era un signo evidente de prestigio social. Centro importante  de la vida social del “Madrid elegante”, se puede afirmar que mucha gente acudía al Teatro, más para ver al público que a la escena. Para ello se utilizaba un anteojo denominado disimulo, con el cual y por medio de un pequeño espejo, uno lo dirige al costado opuesto a aquel a quien se quiere ver, de modo que parece que uno está mirando a la escena y en realidad está observando un palco. Abonarse era pues obligatorio para las gentes de buena posición, el palco podría decirse que era “un saloncito más de sus casas”: “!Oh! Están arruinados – se decía-, ya ve usted, han dejado el palco”. 

  El patio de butacas y los palcos ofrecían un “horizonte” espectacular: “Por todas partes vistosos uniformes, cruces, multicolores, bandas; por todas partes un despilfarro de joyas, una riquísima exhibición de pedrería que adornaba las erguidas cabezas o los esculturales bustos desnudos de las damas; por todas partes, en fin., oro y brillantes. Los destellos del oro y los brillantes unido al alumbrado ordinario, hacían aparecer el vasto recinto como si estuviera iluminado por el sol”. Este magnífico cuadro, se acentuaba en las funciones de gala sobre todo las relacionadas con algún acontecimiento de la Familia Real: “allí podíamos encontrar al Madrid, rico, al Madrid dichoso, al Madrid que es gala y ornato de todas estas solemnidades” .A cualquier parte de la sala, señalan con frecuencia las crónicas, “donde se dirigiera la vista se encontraría sorprendida por maravillas y encantos”.

  Pero tambien entre las publicaciones hallamos articulistas que se  burlan de las conductas de  este “Madrid elegante”. Entre ellos encontramos por ejemplo, al comentarista que firmaba en las páginas de El Imparcial, con el pseudónimo del Lunático. De este modo, describe una función de gala acontecida en diciembre de 1879, incluida dentro del programa de los fastos de la boda de SS.MM  Alfonso XII con María Cristina. “El Teatro era una piña de excelencias, la función uno de esos actos de que guardan indelebles recuerdos los joyeros y las modistas (…) Todo una prueba de que Dios creó al hombre imperfecto y que su cualidad de ser divino la debe únicamente al sastre”. Desde su tribuna de prensa, prosigue el cronista con  tono burlesco: “Desde tan elevadas buhardillas se nos presentaba el público en originales escorzos que no imaginó siquiera el gran pintor de la Capilla Sixtina. Algunos de estos uniformes nos producen cierta risueña melancolía; porque nos vuelven a los tiempos en que jugábamos con los soldados de palo pintado que se vendían en las tiendas de alemanes. Decía una señorita a su mamá ¿Irán con esos uniformes a la guerra? -Dicen que si, pero yo estoy segura de que antes de empezar la batalla si son personas arregladas se quedarán en mangas de camisas-(…)En este país democrático por excelencia…vestirse de semidios civil es un acto heroico, es desafiar la sátira de los conciudadanos. Pase porque los funcionarios administrativos tengan uniforme, pero lo que encuentro ridículo es que ciñan espadín. ¿En que batalla tienen que vencer?¿ A qué adversario tienen que matar? -¡Oh! muy al contrario, es sensible que no lleven de diario el espadín.! Sería un instrumento inmejorable para sacudir el polvo a los expedientes!” El ceremonial y el protocolo era tal, que en las funciones de “etiqueta”, no estaba bien visto exteriorizar de forma visible el gozo, aunque la mereciesen con creces el coro, la orquesta y los artistas. Por ello se resalta en la prensa, que en la anteriormente citada función regia, “un entusiasta aficionado no pudiese reprimir su entusiasmo al fin del célebre cuarteto del primer acto, siendo el único y perdonable desliz que se cometió”.

  El gusto del aficionado madrileño se decantaba claramente por los compositores italianos, principalmente: Verdi, Donicetti, Bellini y Meyerbeer. Mucha polémica se fraguó en torno a la figura de Wagner, la  introducción de su obra en Madrid( más tardía en nuestra capital que en otras grandes ciudades europeas) fue paulatina, debido a lo novedoso que resultaba su música. Sin embargo poco a poco la inclinación del público madrileño se fue decantando del lado del gran compositor alemán. Este proceso de cambio lo observamos en la lectura de las siguientes crónicas. Tras la representación por primera vez de una obra de Wagner en Madrid, podemos leer: “ Anoche tuvo efecto en el Teatro Real la primera representación de la ópera de Wagner “Rienzi”(…)Las discusiones entre los aficionados fueron muy animadas durante los 4 interminables entreactos. La música en general no gustó”. El comentarista del Imparcial caricatura de este modo el estreno de la obra. “Un sordo abrazaba a un buen señor, de buen oído, exclamando ¡sublime Wagner, insigne especialista en la regeneración del tímpano; yo te oigo y te admiro; el abrazado lleno de susto, le hace señas de que el fragor de la trompería le acababa de dejar acaso para siempre sordo(…)A Wagner sólo se le debe el haber convertido la orquesta en una especie de tanda de locos que después de asaltar una tienda de instrumentos de música , celebran con ellos tempestuosamente su triunfo”.  En cambio, el genial analista y escritor Peña y Goñi describe en 1892 que: “ la concurrencia ha escuchado con imponente recogimiento la obra de Wagner, ejecutada de un modo que no tiene linaje alguno de comparaciones por la orquesta y los coros, y ha hecho a su final, a todos sus intérpretes y a Mancinelli, una inmensa ovación. Las exclamaciones de entusiasmo han adquirido proporciones inusitadas”.

  El gran ídolo de los madrileños fue sin duda el tenor Gayarre, “ sólo el nombre de Gayarre llenaba la sala y salvaba el negocio por retorcido que anduviera”. Era tanto su éxito que se decía que otros cantantes no querían cantar con él por cosechar éste más aplausos. De hecho en alguna ocasión se vieron obligados estos divos a desmentir este rumor por medio de la publicación de alguna nota en prensa. Paradigmática la publicación de una carta enviada por la tenor Cristina Nilsson a Gayarre, la cual señala el deseo de cantar juntos en el escenario, y de esta forma acallar los rumores difundidos que expresaban lo contrario. “Estimado amigo y compañero: Le ruego muy encarecidamente que tome parte en mi primera representación del Fausto, puesto que siendo vd. hoy el primer tenor de Europa, con ninguno mejor que con usted se podría celebrar esta función tan importante para mi”. La muerte de Gayarre en enero de 1890, produjo grandes manifestaciones de dolor y duelo en Madrid. Nos hacemos una idea de la admiración que producía este ilustre personaje, cuando las autoridades deciden, “con autorización de su familia, la extracción de la preciosa laringe de Gayarre para que sea conservada en uno de los museos de la Nación”  Días antes de la muerte de Gayarre el 8 de diciembre, aconteció en el Real un hecho que presagiaba el deterioro físico que sufría el cantante navarro. Las crónicas lo describen de la siguiente manera. “ Al comenzar la romanza, observó el público que algo grave le ocurría al sr. Gayarre. Suspendido el corto y con paso inseguro, adelantose este al proscenio y suplicó al auditorio que le dispensara de cantar la romanza por hallarse imposibilitado de ello. Apenas expuesto el ruego, un ligero desvanecimiento le obligó a apoyarse en uno de los bastidores, evitando que cayera al suelo el director de escena. El público estaba perplejo ante aquel inesperado incidente. A los pocos momentos continuó la representación de la obra (…) Al presentarse en escena en el segundo acto fue acogido con atronadores aplausos y bravos entusiastas”.

 Para concluir referirme a una anécdota para evidenciar que las excentricidades no son patrimonio de los grandes artistas de la actualidad. Se decía que la tenor Cristina Nilsson, tenía en su casa de Londres dos habitaciones cuyas paredes estaban completamente empapeladas con las diferentes cuentas de los restaurantes del mundo donde había comido.

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